Durante mucho tiempo me pregunté por qué mis finanzas nunca mejoraban, no importaba cuánto trabajara o cuánto ganara, siempre había una deuda nueva esperándome. Hasta que un día entendí algo que cambió mi perspectiva completamente: estaba en deuda conmigo mismo.
¿Qué significa estar en deuda con uno mismo?
Significa todas esas promesas que me hice y no cumplí. Ese curso que prometí tomar, ese cambio de hábito que siempre postergo, esa conversación importante que evito tener. Cada vez que me digo «mañana empiezo» y no lo hago, estoy creando una deuda interna.
Y así como no pagaba mis compromisos internos, el universo me devolvía ese reflejo en mi realidad financiera.
Empecé a notar que cada deuda financiera tenía un eco en mi interior: la tarjeta de crédito reflejaba mi falta de límites, el préstamo pendiente era símbolo de proyectos que nunca terminaba, las cuentas atrasadas representaban mi hábito de postponer lo importante.
¿Cómo empecé a cambiar esto?
Primero reconocí mis deudas internas. Hice una lista de todas las promesas incumplidas hacia mí mismo, todas esas veces que me abandoné o puse mis necesidades al final. Fue doloroso ver esa lista, pero necesario.
Luego empecé a «pagar» esas deudas internas. Cumplí una promesa pequeña hacia mí, luego otra, y otra. Con cada promesa cumplida sentía como recuperaba algo de mí mismo.
Y algo mágico empezó a pasar: a medida que saldaba mis deudas internas, mis finanzas comenzaron a ordenarse también. No de manera inmediata ni mágica, pero sí de forma consistente y real.
Porque cuando honro mis compromisos conmigo mismo, cuando me valoro lo suficiente para cumplirme, el mundo externo empieza a reflejar esa abundancia interna.
