Me he dado cuenta de algo muy simple pero profundo. No puedo aprender si no me enseñas con amor. No puedo crecer si me corriges con dureza. No puedo abrirme si cada error que cometo se convierte en un reproche frío. Y esto aplica para todo. Para mi pareja que intenta explicarme algo que no entiendo. Para mi jefe que espera que aprenda rápido. Para mi madre que quiere que cambie ciertos hábitos. Para cualquier persona que intente mostrarme algo nuevo. Si la forma en que me enseñas es áspera, mi cuerpo se cierra. Mi mente se bloquea. Y aunque quiera aprender, no puedo. Porque el miedo al juicio es más fuerte que mi deseo de entender.
La dureza solo me enseña a tener miedo
He vivido situaciones donde alguien intenta enseñarme algo importante, pero lo hace con impaciencia. Con tono elevado. Con gestos de frustración cada vez que no entiendo a la primera. Y lo que termino aprendiendo no es lo que me querían enseñar. Aprendo a sentirme estúpida. Aprendo a tener miedo de preguntar. Aprendo que es mejor no intentar, porque el costo emocional es muy alto. La dureza no construye conocimiento. Solo construye distancia. Solo me enseña que no estoy a la altura, que soy lenta, que molesto. Y en ese espacio de vergüenza y miedo, no hay aprendizaje posible. Hay solo silencio. Retiro. Un muro que levanto para protegerme del daño que trae esa falta de paciencia.
El amor hace que todo sea más fácil de entender
Cuando alguien me enseña con amor, todo cambia. Puedo equivocarme sin sentir que el mundo se derrumba. Puedo preguntar mil veces sin sentir que soy una carga. Puedo ir lento sin sentirme juzgada. El amor, la paciencia, me dan el espacio que necesito para procesar, para equivocarme, para intentar de nuevo. En ese ambiente, mi mente se relaja. Mi cuerpo deja de estar en modo defensivo. Y entonces sí puedo recibir lo que me están dando. Aprendo más rápido, más profundo, porque no estoy gastando energía en protegerme. Estoy usando esa energía para crecer. La forma en que me enseñas importa tanto como lo que me enseñas. Quizás más. Porque si la forma duele, el contenido no llega.
Enseñar con amor también es amor propio
He aprendido que cuando yo enseño a alguien con dureza, es porque estoy en un lugar de agotamiento. Es porque tengo poca paciencia conmigo misma. Si no me permito equivocarme, tampoco voy a permitir que el otro se equivoque. Así que enseñar con amor es también cuidarme a mí misma. Es reconocer que nadie aprende perfecto. Que todos necesitamos tiempo y gracia. Y cuando lo hago así, cuando enseño desde la calma, algo hermoso pasa. La relación se fortalece. El vínculo se sostiene con respeto. Entiendo que si quiero que alguien aprenda algo de mí, debo crear el espacio seguro para que eso pase. Y ese espacio se construye con paciencia. Con amor. Con reconocimiento de que estamos aprendiendo juntos. Siempre.
