Durante años viví como una espectadora en primera fila de la felicidad ajena. Me asigné el papel de la «buena», la incondicional, la que siempre esperaba pacientemente en el camerino a que el destino la eligiera. Me convertí en una experta en leer los mapas del dolor de los demás, justificando sus ausencias y postergando mi propia alegría para no incomodar sus realidades. Me convencí, erróneamente, de que la generosidad consistía en vaciarme para llenar los vacíos del mundo.
Hoy, mi cuerpo ha cobrado la factura de ese autosacrificio. Mi corazón, ese motor que descuidé por intentar sintonizar los latidos de otros, hoy protesta con una arritmia desbocada. Se siente como un ave atrapada en el pecho, asustada, avisándome con su ritmo desigual que está al límite. Es la metáfora perfecta del colapso: el órgano del amor se enferma cuando se le obliga a dar en abundancia mientras se le condena a la inanición.
En este silencio forzado, escuchando el pulso intermitente de mi propio pecho, me sorprendo repitiendo una vieja frase que solía consolarme: «Si la vida es generosa, las cosas volverán a su lugar». Pero hoy esa frase resuena de forma distinta. Comprendo que la generosidad de la vida no es una fuerza externa que viene a rescatarnos, ni un milagro que se concede a los que sufren en silencio esperando un turno que nunca llega. La verdadera generosidad de la vida radica en este doloroso despertar, en la oportunidad de respirar hondo y reclamar el control de mi existencia.
Descubrí, con la claridad que solo da el abismo, que pasé años mirando el mundo a través de las ventanas de los demás, vigilando sus pasos y olvidando caminar mi propio sendero. Vivía con el cuello girado hacia el pasado, esperando que el sacrificio de ayer comprara la paz de mañana.
