Hubo un momento en mi vida donde me di cuenta que ya no me reconocía. Me miraba al espejo y veía a alguien que se había convertido en lo que otros esperaban, en lo que creía que debía ser, pero no en quien realmente era. Y eso duele, créeme que duele mucho.
¿En qué momento me perdí?
No fue de un día para otro. Fue poco a poco, en cada decisión donde elegía complacer a otros antes que a mí. En cada vez que callé lo que sentía para no incomodar a nadie. En cada momento que sacrifiqué mis sueños por encajar en una versión aceptable para los demás. Y así, sin darme cuenta, me fui perdiendo en el camino.
Me convertí en una persona que vivía en automático, haciendo lo que se esperaba de mí, pero sintiéndome vacío por dentro. Y la pregunta que empezó a resonar cada día más fuerte fue: ¿dónde quedé yo en todo esto?
El camino de regreso
Volver a mí misma no fue fácil. Primero tuve que reconocer que me había perdido, y eso ya era doloroso. Luego tuve que empezar a desaprender todo lo que no era mío: las expectativas, las máscaras, los roles que había adoptado.
Comencé preguntándome cosas simples: ¿qué me gusta realmente? ¿Qué me hace feliz sin tener que explicárselo a nadie? ¿Quién soy cuando nadie me está mirando?
Y así, de a poco, empecé a recordar. Recordé mis sueños olvidados, mis gustos auténticos, esa esencia que había quedado guardada esperando que algún día volviera por ella.
Hoy me reconozco
Volver a mí misma fue el acto de amor más grande que pude hacer. Fue decirme que merezco ocupar espacio siendo quien realmente soy, sin disculpas, sin máscaras. Fue entender que perderme en el camino no fue un error, fue una lección necesaria para valorar lo que significa encontrarme.
